Recuerdo hace tiempo que un amigo me dijo que yo era muy diferente cuando trabajaba a cuando estaba de vacaciones…que “Ana trabajando” era mucho más irascible a “Ana de vacaciones”…supongo que eso pasa por tomarme el trabajo demasiado en serio, por querer con demasiado ahínco que las cosas salgan BIEN, por SER maestra, o músico, o musicoterapeuta y no JUGAR A SER el rol que me pertoca. Mi actitud, al ser “turista”, al estar siendo acogida y guiada, es totalmente diferente: observo, acepto, me adapto. No tengo que interferir ni conseguir nada, simplemente me impregno del ambiente y sigo la corriente. La lentitud, el contraste de ritmos, sin embargo, me sigue costando…el levantarte y esperar dos horas a que se caliente el agua para tomar un café, que te digan “la comida ya está casi preparada” y observar cómo el reloj va marcando las horas hasta que finalmente el plato de comida llega a mis manos, sentarte en el sofá y esperar sin saber muy bien qué esperar…aprendo a esperar, sin esperar nada concreto y sin desesperar…¡¡¡es difícil!!!
La hospitalidad de Betty y su marido Deo es una delicia…soy la afortunada VISITOR a la que sirven los mejores trozos de carne en la mejor vajilla, y la que duerme sola en una cama. En la cama de al lado duermen Betty, Deo (el marido) y Benjamin (el hijo de 4 años). En la otra habitación duermen en dos camas individuales Lynnet (la hija de 6 años), Gloria (la sobrina del pueblo que vive con ellos porque su madre murió) y Beatrice (otra pariente que también perdió a su madre y que se encarga de las cosas de la casa). La cama que yo ocupo pertenece a los niños. La casa es un ejemplo de la clase media ugandesa: tienen dos habitaciones, un baño, una cocina y una sala de estar. Hay agua corriente y electricidad (cuando la hay, claro está). Tienen televisión, dvd, varios equipos de sonido, una plancha y una enorme nevera en donde sólo guardan agua (es curioso porque, aunque tienen la nevera, siguen comprando y consumiendo la comida diariamente). Por supuesto, estos elementos sólo funcionan cuando hay luz que, desde que yo estoy aquí, es más o menos la mitad del tiempo. En la cocina tienen un hornillo de gas, pero nunca lo utilizan, cocinan con su tradicional hornillo de carbón. Y aunque tienen agua corriente siguen utilizando el tradicional sistema de palanganas llenas de agua para limpiar los utensilios de la cocina y la ropa. En el baño tienen una ducha, pero nunca la usan, se siguen bañando con las palanganas de agua. El lavabo, aunque es un agujero en el suelo, tiene la forma de taza de váter y puedes tirar de la cadena. Me parece un claro ejemplo de la mezcla que hay aquí de “tradición” con “modernidad”…casi como vivir en una transición, en algo que está a medio camino y que no llega a ser ni lo uno ni lo otro…como yo, que ya he recibido mi nombre Acholi: Ayó (la que nació por el camino).
A pesar de que viven en una casa con ventanas, la mayor parte de las veces están cerradas, hay oscuridad, me siento triste si estoy mucho tiempo aquí dentro, necesito salir a tomar el aire…no puedo ni imaginarme lo que debe ser vivir en un “hut” sin ventanas en donde toda la familia convive en un único espacio…por eso aquí hay tanta vida afuera, en la calle, porque adentro, en la casa, no se puede estar, no se puede ser.
En casa de Betty se insiste mucho en los “good manners”, en todo lo que implica una FORMA, algo que, en principio, sujeta al CONTENIDO: vestirse bien, tener la ropa planchada, tener los zapatos limpios, peinarse el pelo, saludar, decir “welcome back” cuando llegas a casa o “we will miss you” cuando te vas, decir “thank you for cooking” cuando acabas de comer, arrodillarse para ofrecer un vaso de agua…todo esto, observo, es cultural, se insiste en la trasmisión generacional, se pone énfasis en su importancia, es rígido, se repite o imita de manera automática, casi como cantar una canción sin entender la letra, como un canto tántrico que, de tanto repetirse, queda inmerso en un estado apatico en donde no te cuestionas ni qué dices ni para qué lo haces. El CONTENIDO de todo eso, sin embargo, queda bastante suelto y maleable, en transición, por el camino, Ayo, deambula entre las fronteras de la forma sin saber muy bien quién es, hacia dónde va, dónde quedarse.
Por ejemplo, Benjamin, el hijo de 4 años, puede coger una rebanada de pan, restregársela por la cara mientras camina por la sala de estar dejando, así, constancia de su trayecto con las migas esparcidas por la alfombra, y Betty dice (FORMA):
-Ah,ah…Benjamin! Is that good manners?
El niño responde (FORMA):
-No.
Y continúa su bailoteo miguero por la sala (CONTENIDO). Entonces Betty chasquea la lengua, sacude la cabeza con gesto de desaprobación y dice:
-Ahhh…this boy does not have good manners!! Is that what I have taught you?
-No -contesta Benjamin.
-What must you show?-pregunta ella
-Respect -contesta él.
Pero Benjamin sigue desmigando el pan, metiéndoselo en la boca y escupiéndolo, bailando por la habitación. Y Betty no HACE nada, sólo repite las frases tántricas. Presenciar estas escenas era algo que me causaba mucha ansiedad en los colegios de Gulu. Allí también los niños repetían como papagayos frases que, en realidad, no habían llegado a sus fondos, no habían alcanzado a sus contenidos. Ahora, desde mi actitud de turista, lo observo y me río con ella…
-Ahhh…this boy is stubborn!!
No puedo evitar no estar de acuerdo con sus maneras, pero, de nuevo, yo no soy madre, ni vivo lejos de mis hijos ni, por supuesto, soy ugandesa. Cada uno lo hace lo mejor que puede, eso está claro.
Sin embargo, y trasladándolo al campo de la musicoterapia, en donde lo relevante es el CONTENIDO y no la FORMA, vuelvo a constatar la importancia de tener muuuuuuuuuuuchas sesiones con el mismo grupo…para poder disolver un poco toda esa gruesa capa de FORMA, ir limándola con suave perseverancia, a latidos constantes, a golpe de corcheas, y, así, poder llegar a rozar, acariciar y masajear un poco el CONTENIDO…y, a partir de ahí, poder darle una forma, poder FORMAR EL CONTENIDO.
Por otro lado, observo cómo juegan Benjamin y Lynnet (la hija de 6 años), sin artefactos, entreteniéndose con una mosca muerta, el brazo de una muñeca, una pajita, una sandalia, una miga de pan envuelta por hormigas…y me maravilla que no se aburran ni necesiten de constante estimulación por parte de un adulto para pasar el rato. Y cuando descubren algo, o se pelean, gritan “Mummy! Mummy!” y allí está Betty para atender y responder a sus peticiones. Además, tenemos a los vecinos que entran y salen de casa con toda naturalidad. También de vez en cuando la casa queda en silencio, en calma, y eso significa que los niños están en casa de los vecinos. A mi, en cuanto pisé la casa, me bautizaron como “aunty”, la “tieta”. Las dos chicas que viven con ellos -Gloria y Beatrice- se encargan de los niños cuando Betty trabaja en Gulu y Deo en Hoima, pero también están los vecinos, una enfermera de la clínica de al lado, familiares del marido y, en general, todo el mundo que convive en un área de 50 metros cuadrados. Todos crían a los hijos de todos. Porque todos comparten la FORMA. Todos están ahí para todos. Porque todos son uno. Si existiera esa manera de hacer en las ciudades españolas seguro que no me estaría pensando tanto lo de ser madre soltera.
¡¡Gracias, Betty, por compartir tu mundo conmigo!!
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(Por cierto, mi madre me ha enviado mi antigua camara de fotos, asi que ya vuelvo a estar armada!!Gracias mama!!)